En su acepción más amplia se da el nombre de Universo al espacio celeste con la materia y energía en él contenida. Esta materia tiende a agruparse formando unos a modo de conglomerados o continentes estelares a los que se da el nombre de galaxias.

    Las galaxias adoptan formas muy variadas; la que contiene nuestro sistema solar se llama Vía Láctea; tiene la forma de una espiral con varios brazos que arrancan de un núcleo central. Nuestro sistema planetario se halla en uno de sus brazos, llamado de Orión, en la parte más externa de la galaxia, lo que permite a los astrónomos observar el espacio exterior. Otras son elípticas, sin brazos; y sólo un 3 % del total son irregulares.

    Las galaxias son inmensas y están integradas por una cantidad incontable de cuerpos celestes o estrellas, muchas seguramente con sus séquitos de planetas; y de masas de materia cósmica que adoptan la apariencia de nubes, llamadas nebulosas amorfas, de naturaleza misteriosa, en cuyo seno, en el que no puede penetrar el ojo curioso del telescopio, se supone que nacen las estrellas.

    La edad del Universo es incalculable; sin embargo se ha llegado a la conclusión de que la edad de la Vía Láctea, nuestra galaxia, no puede superar los 13.000 millones de años ni ser inferior a 5.200 millones, que son los de vida que se le cuentan al Sol.

    El Universo puede considerarse como un cuerpo vivo en transformación constante. Modernamente, ciertas observaciones realizadas espectrográficamente, han dado motivo a que se enunciara la teoría de que el Universo tiende a expansionarse, es decir, que las galaxias se separan unas de otras a velocidad creciente. Muchos se resisten a aceptar esta teoría y creen que, si la fuga de galaxias es una realidad, se detendrá en un momento dado y se iniciará un movimiento de retroceso, seguido a su vez por una nueva expansión.


    Galileo, al inventar el anteojo astronómico, contribuyó de manera decisiva al agrandamiento del Universo conocido. Con la perfección del telescopio se pudo realizar una serie de descubrimientos que demostraron los errores de los antiguos astrónomos, en lo que a la estructura del Universo se refiere.

    El descubrimiento de que la Vía Láctea no era más que una gigantesca agrupación de estrellas, hizo que los hombres empezaran a mirar más allá, al mismo tiempo que trabajaban intensamente en el perfeccionamiento de los instrumentos de observación.

    Con los telescopios construidos a principios de este siglo se comprobó que el sistema solar ocupa una posición muy marginal en la Vía Láctea, o sea que nuestro Sol, lejos de ser el centro del universo, no pasa de ser una estrella más de nuestra galaxia, nombre con que se bautizaron estos sistemas formados por la agrupación de miles de millones de estrellas.

    Sin embargo, la existencia de otras galaxias distintas a la Vía Láctea, no se conoció hasta hace aproximadamente 30 años; desde entonces, gracias al enorme telescopio de Monte Palomar, cientos de miles de galaxias, y cada una de ellas contiene miles de millones de estrellas.

    Además, los espectros de estas galaxias ponen de manifiesto una corrimiento de las líneas espectrales hacia la región del rojo, lo que nos indican que se mueven alejándose cada vez más de nosotros.

    Cerca de La Haya se han montado 12 radiotelescopios de 25 metros de diámetro, situados a 1,5 km de distancia uno del otro. Constituyen la más potente instalación para explorar el espacio exterior, pues su alcance (10.000 millones de años - luz) rebasa el horizonte del Universo. Así, pues, como los cuerpos que componen el Universo presentan una variedad de tamaños tan enorme, será preciso considerarlos con distintas unidades de medida.

    El sistema solar es mucho más grande que la Tierra, las estrellas están separadas entre sí por distancias mucho mayores que el sistema solar y la Vía Láctea y demás galaxias requieren unidades gigantescas; éstas aún lo serán enormemente más, cuando se trata de medir el conjunto del Universo. Junto con el medir, propio del espacio, es necesario considerar el contar, o sea, el tiempo, cuyo concepto se debe a Roemer, quien, al descubrir que la luz necesitaba algún tiempo para su propagación, reveló que en el Universo, el que dos fenómenos se capten al mismo tiempo, no indica que sean simultáneos.

    Por ejemplo: la aparición de una protuberancia en el Sol y la iluminación de una nueva estrella en una nebulosa extra galáctica, percibidos en el mismo momento, significa que el primer fenómeno ocurrió menos de 10 minutos antes, mientras que el segundo acaeció millones de años atrás.


    Universo (del latín, universus): Mundo (conjunto de todas las cosas creadas).

    La ciencia que estudia el Universo es llamada Cosmología, palabra formada por la unión de dos voces griegas que significan, respectivamente, mundo y sabiduría o conocimiento.

LA CONCEPCIÓN DEL UNIVERSO

    La idea que el hombre ha tenido del Universo ha ido variando con el paso de los tiempos, desde los babilonios y griegos hasta nuestros días.

    El Universo babilónico estaba constituido por dos pirámides de siete terrazas montañosas. La superior, o reino de Bel era el mundo visible; la inferior, o reino de Ea, la estancia de los muertos. Los dos mundos estaban separados por el mar Océano; el Sol, la Luna y los cinco planetas giraban en torno a un eje vertical, gobernados por sendos dioses.

    Para los antiguos egipcios, en los bordes del mundo visible, tras un río infranqueable, en cada punto cardinal, había columnas que aguantaban una bóveda sólida, de la que pendían como lámparas las estrellas; Sol y Luna circulaban entre ellas en sus respectivas barcas.

    Según lo hebreos, el Universo era ovoide: un plano central a lo largo del eje mayor era habitado; sobre éste había dos depósitos: el de los vientos, lateral, y el de las aguas, encima; debajo, el abismo de las aguas subterráneas (fuentes) y más abajo el limbo y el infierno.

    Los vedas aseguraban que la Tierra, plana, se apoyaba en doce columnas, que, a su vez, lo hacían sobre la virtud de los holocaustos de carneros y bueyes, sin lo que el Universo se hubiera hundido en el caos.

    Los indios brahmanes creían que la Tierra era abovedada y se sostenía sobre cuatro grandes elefantes, que a su vez estaban sobre la concha de una enorme tortuga y ésta sobre la eternidad, simbolizada por una serpiente mordiéndose la cola.

    Tales (siglo VII antes de Cristo) creía que la Tierra era un disco plano y delgado.

    Anaximandro (siglo V antes de Cristo), creía que la Tierra era cilíndrica, con el diámetro de sus base triple que el de su altura; y su cara superior era habitada, con el Mediterráneo en medio; el cielo era una inmensa esfera recorrida por los astros de fuego.

    Pitágoras (siglo VI antes de Cristo) atribuía a la Tierra la forma esférica, apoyándose en que al acercarse un barco al horizonte parece que se hunde y en la aparición de estrellas no vistas en Grecia al viajar hacia el sur. Para él era inmóvil y estaba en el centro del Universo.

    Para Anaxágoras (siglo V antes de Cristo) la Tierra era un delgado disco al que el aire que se arremolinaba a su alrededor mantenía fijo en el centro del mundo; el Sol y las estrellas eran incandescentes y la Luna el astro más cercano, y pequeño como el Peloponeso.

    Los elementos de que estaba formado el mundo, según Empédocles (siglo V antes de Cristo), eran tierra, agua, aire y fuego, y los astros se movían atraídos o repelidos por la amistad o el odio.

    Leucipo, del mismo siglo, inició la teoría atómica.

    Su discípulo Demócrito - el filósofo optimista - la expuso brillantemente: con átomos se formó la pared del cielo, la Tierra, el Sol, la Luna y las estrellas. Estas y el Sol, por dirigirse a la región del fuego, se inflamaron; la Luna por haberlo hecho hacia una región más fría, recibió menos fuego.

    Platón (siglo IV antes de Cristo) creía que Dios se sirvió de los cuerpos regulares para el Universo: éste era esférico y la Tierra, en su centro, un cubo, lo que aseguraba la estabilidad.

    Eudoxio de Cnido (siglo IV antes de Cristo), combinando las enseñanzas de Pitágoras y Platón, fue el primer griego en exponer un sistema coherente que explicara las apariencias: una esfera sólida, vacía y transparente sostenía las estrellas, había una para cada planeta y la Tierra estaba en el centro.

    Después de varios retoques, Ptolomeo lo presentó de tal forma en su "Almagesto" que imperó hasta el siglo XVI.

    Marciano Capella (siglo V) hizo girar en torno a la Tierra, a la misma distancia, el Sol, Mercurio y Venus.

    Lambert o Floridus (siglo XII), continuando con la Tierra en el centro, imaginó que circulaban a su alrededor, además de los astros, constelaciones y coros angélicos.

    En 1543 apareció la obra del polaco Copérnico, que apoyándose en Aristarco de Samos, se pronunció por el sistema heliocéntrico.

    En 1784, Herschel, al resolver en estrellas muchas nebulosas que Messier creía irresolubles o gaseosas, sugirió la idea de los Universos - islas o Universo (galaxias) externos al nuestro (Vía Láctea o Galaxia), que quedó confirmada en 1923-24 después de la puesta en marcha del telescopio de 2,5 m. de Monte Wilson.

    Antes, en 1917, por la teoría de la relatividad general, se concluyó que el Universo era infinito y esférico.

    Para Friedmann, 1922, basándose en la misma teoría, el Universo debe expansionarse y contraerse, y en 1927, el abate Lamaître demostró que estaba en expansión, por lo que las galaxias a mayor distancia se separan a mayores velocidades.

    En 1917, De Sitter oponía al Universo lleno, en equilibrio inestable pero estático, otro vacío pero dotado de movimiento de expansión, Milre, en 1932, para dar razón de la fuga de las galaxias sin tener que admitir la expansión del Universo, lo suponía constituido por galaxias que al formarse fueron animadas de diferentes velocidades; con el tiempo transcurrido, las que iban más rápidamente estarían más alejadas y continuarían alejándose a mayores velocidades.

    Actualmente continúa imperando la teoría de la expansión, que se basa en el corrimiento de las rayas espectrales hacia el lado rojo del espectro, fenómeno real, interpretado según el principio de Doppler Fizeau. Pero este corrimiento también se puede atribuir a una posible pérdida de energía de los fotones de la luz (como si ésta se cansara), y conservando su velocidad disminuiría su frecuencia, alargándose en consecuencia su longitud de onda o dirigiéndose al rojo.

    Otra interpretación radica en la existencia, en el espacio, de una tenuísima materia intergaláctica que enrojeciera la luz y que aun siendo de ínfima densidad, la acumulada en larguísimos trayectos, tiene una cierto valor.

    En 1948, Gold y Bondi y, más tarde, Hoyle, propusieron una teoría llamada del Universo estacionario, suponiendo que cada mil millones de años en cada decímetro cúbico del Universo se forma de la nada un átomo de hidrógeno. Así, el aspecto del Universo, a pesar de su expansión, permanecería inalterable, ya que su densidad media lo sería. Por razones de índole filosófica y matemática, así como físicas, esta teoría ha sido desechada, incluso por el mismo Hoyle.


    Para los antiguos griegos, la Tierra era el centro del Universo; las estrellas, el Sol y los planetas giraban a su alrededor. Tal sistema geocéntrico (centrado en la Tierra), descrito por Platón y por Aristóteles, y la creencia de que los desplazamientos alrededor de la Tierra debían consistir necesariamente en movimientos circulares o combinaciones de éstos, obligaban a utilizar modelos extraordinariamente complicados para justificar las posiciones que sucesivamente ocupaban los astros.

    Aristarco (siglo IV antes de Cristo) sugirió que el esquema se podía simplificar grandemente si se suponía al Sol situado en el centro del Universo, y la Tierra y la Luna y los demás planetas giraban alrededor de él (sistema heliocéntrico: Sol en el centro). La idea de Aristarco no era aceptada, entre otras razones porque se oponía a las teorías filosóficas de entonces, y Ptolomeo elaboró una teoría geocéntrica modificada, que podía predecir la posición de los astros con gran precisión teniendo en cuenta los instrumentos de observación de su tiempo.

    El monje polaco Copérnico, a comienzos del siglo XVI, hizo renacer la teoría heliocéntrica de Aristarco. Para Copérnico, las órbitas de los planetas alrededor del Sol, eran circulares. Posteriormente Galileo (1564 - 1642) defendió la teoría de Copérnico.

    Un paso decisivo para el estudio de los movimientos de los planetas y, por lo tanto, para el conocimiento del campo gravitatorio, lo dio Kepler (1571 - 1630), quien, basándose en multitud de datos que había obtenido su profesor, el danés Tycho Brahe, formuló sus tres famosas leyes de los movimientos de los planetas.

¿QUÉ IDEA PODÍAN TENER LOS ANTIGUOS DEL PLANETA EN QUE VIVIMOS?

    Su concepto era, en general, muy simple: la tierra es plana o se presenta en forma de un casquete hemisférico; está rodeada de un gran río en el que flota, y sobre ella está suspendido otro hemisferio cóncavo que forma los cielos sobre los que circulan los carros de las divinidades. Por encima de esta bóveda había un gran depósito en donde se concentraban las aguas superiores, es decir, las lluvias.

    Para los pueblos semitas, las aguas inferiores, los mares y los lagos, subían al depósito superior por medio de unos conductos, con lo que las aguas superiores nunca menguaban.

    En la parte más profunda de la tierra estaba el sheol, "país de las tinieblas y de la muerte" (Job, 10, 21).

    En cuanto a los astros y al mismo sol, al que veían aparecer por el oriente en la mañana y ocultarse al oriente en el anochecer, suponían que pasaban por unas galerías subterráneas y que, tras haber realizado su paso por las entrañas de la tierra, volvían a surgir de su misterioso escondite.

    Los hindúes suponían que las tierra estaba sostenida por cuatro elefantes, cuyas patas se apoyaban en unas gigantescas tortugas que flotaban en un río de leche.

LA ASTRONOMÍA DE LOS ANTIGUOS

    La ciencia del cielo se desarrolló gracias a larguísimas y pacientes observaciones de generaciones enteras de estudiosos.

    Los primeros resultados de estas observaciones fueron la distinción de las constelaciones, el descubrimiento de la regularidad de los fenómenos celestes, la comprensión y descripción de los movimientos aparentes.

    Los hombres ya habían realizado grandes progresos en el difícil estudio de los fenómenos celestes.

    Unos 3.000 años antes del nacimiento de Cristo los chinos sabían ya calcular exactamente el tiempo, y lo mismo puede afirmarse de los indios, de los babilonios, de los egipcios e incluso de los mayas que habitaban la América Central.

    Pero si los primeros descubrimientos astronómicos de importancia se pueden remontar a muchos milenios, en cambio, son relativamente recientes (pocos centenares de años antes de Cristo) las primeras teorías con valor científico sobre la forma y el aspecto general del Universo.

ESTRELLAS FIJAS Y PLANETAS

    El concepto de que la Tierra es una masa cósmica fría, que gira alrededor del Sol con otros planetas, no lo captaron la mayoría de los antiguos estudiosos del cielo.

    El caso es que los planetas aparecen del todo semejantes a las estrellas, porque resulta difícil realizar una distinción entre ambos.

    Las evoluciones de los planetas en el cielo las consideraron los astrónomos antiguos como una anomalía; y fue sólo con Anaxímenes cuando estos astros "indisciplinados" fueron distinguidos por primera vez de las demás estrellas, dándoles precisamente por ello el nombre de planetas (del griego planetes = errantes).

FORMA Y DIMENSIONES DE LA TIERRA

    Según una antiquísima concepción india, la Tierra era tenida por una especie de plato ovalado mantenido a flote y rodeado de agua por todas partes.

    Pero pronto esta idea fue sustituida por otras concepciones más adecuadas a la realidad. Los babilonios imaginaban que no sólo la Tierra, sino todo el Universo, tenía la forma aproximada de una cúpula semiesférica; análogas concepciones gozaron de crédito en China, en Egipto y en otras partes.

    Los griegos, hasta el siglo VI a. de J.C. no llegaron a considerar a la Tierra como una esfera suspendida en el espacio.

    Pitágoras y Parménides fueron los principales defensores de la esfericidad de la Tierra que, después de ellos, fue aceptada sin lugar a dudas. Una vez aceptada dicha esfericidad se planteó el problema de determinar sus dimensiones: radio, circunferencia y volumen.

    Eratóstenes resolvió este problema y llegó a la conclusión de que la longitud del meridiano terrestre era igual a 44.000 km.

FORMA Y DIMENSIONES DEL UNIVERSO

    Imaginada primeramente como una campana, o una especie de cúpula, y hasta como una sombrilla (leyenda china) la bóveda del cielo terminó por ser considerada como perfectamente circular, rodeando por todas partes el globo terráqueo. Engarzadas en la bóveda del cielo, todas las estrellas, consideradas asimismo como esencias perfectas e incorruptibles, sede natural de los dioses y de toda sublime manifestación de armonía, participaban en el movimiento (aparente) de rotación del cielo.

    ¿Cuáles eran las dimensiones, los límites del universo?

    Para Aristóteles, el universo era limitado, circular y perfecto; en cambio, para Anaxágoras, infinitamente extenso por todas partes y compuesto de infinitos elementos.

    La concepción del universo, de su forma y de sus dimensiones, estuvo siempre influenciada, incluso entre los griegos, por exigencias y consideraciones de carácter filosófico y religioso.

    Por otra parte, no hay por qué maravillarse si se piensa que, a una distancia de veinte siglos, Galileo fue condenado por herejía, precisamente por no haber querido aceptar que consideraciones de carácter religioso velaran la investigación científica, que tiene que ser libre y exenta de todo prejuicio.

EL CENTRO DEL MUNDO

    El hecho mismo de concebir el universo como una esfera enorme (no importa si de radio finito o infinito), ponía inmediatamente sobre el tapete otra cuestión importantísima:

    ¿Cuál era el centro de la gran esfera celeste, el punto alrededor del cual se veía obligado a girar todo el universo?

    Para todos los sabios de la antigüedad, así como para la mayoría de los astrónomos, matemáticos y filósofos griegos y alejandrinos, el problema ni siquiera se planteó de verdad.

    Al imaginar que la Tierra era como una esfera suspendida en el espacio y observando que todos los cuerpos celestes, el Sol, la Luna y las estrellas, giraban en su derredor regularmente, había que considerar como absolutamente evidente que el centro del mundo no podía ser sino la Tierra misma.

    En torno a ella, firme e inmóvil en el espacio, giraba el resto del cielo "visiblemente"; por lo tanto, no cabían dudas sobre cuál debía ser el centro de rotación.

    Por lo demás, que el centro de la Tierra fuese también el centro el Universo era una concepción que no sólo parecía concordar perfectamente con los movimientos aparentes de los cuerpos celestes, sino que, sobre todo, permitía la explicación simple y exhaustiva de todo el dinamismo del cielo, salvando al mismo tiempo la unidad y la armonía perfecta del Universo.

    Los círculos, las esferas, los movimientos circulares eran interpretados como otros tantos símbolos de perfección.

    Por ello, a los astrónomos les repugnaba la idea de que hubiera la menor inarmonía en el Universo, nada que no fuese circular.

LAS ANTIGUAS CIENCIAS DEL ORIENTE

LA ASTRONOMÍA EGIPCIA

    Los egipcios adoptaron, al parecer, un calendario fundado en observaciones astronómicas ya desde el tercer milenio antes de Jesucristo. Los egipcios dividían el año en 12 meses de 30 días; esos 360 días, repartidos en tres "estaciones iguales", se completaban con 5 días, "además del año". El año egipcio cuenta, pues, en definitiva, 365 días, como el nuestro.

    Los doce signos del Zodíaco son desconocidos por los egipcios antes de la época griega; en cambio, otras constelaciones especiales, "los decanos", desconocidos por otros pueblos de la Antigüedad, servían para dividir el año egipcio en 36 décadas.

    Desde la expedición a Egipto (la napoleónica), los europeos se han visto sorprendidos por la exactitud de la orientación de las construcción egipcias, y en particular de la de las pirámides, cuyas caras se vuelven hacia los cuatro puntos cardinales. En efecto, las desviación de las grandes pirámides (Kefrén, Miderino, etc.) respecto al norte verdadero es siempre inferior al grado.

    Desde tiempos muy antiguos los habitantes del Valle del Nilo habían observado el movimiento de las estrellas, y la continuidad de esa observación debió ser lo que los capacitó para enlazar dos hechos independientes: el orto helíaco de Sothis y la inundación del Nilo. En efecto, observaron desde remotos tiempos que el Nilo empezaba su crecida más o menos en el momento en que la estrella Sothis (nuestro Sirio), tras haber sido mucho tiempo invisible bajo el horizonte, podía verse de nuevo poco antes de nacer el Sol.

    Los escribas y los sacerdotes encargados de hacer las observaciones de las que dependía la vida litúrgica de los templos, utilizaban principalmente un instrumento muy sencillo denominado merkhet. Servía principalmente para la observación de las estrellas y para determinar la hora durante la noche. Los egipcios se servían también de aparatos que aplican el principio de la dirección de la sombra. Son verdaderos cuadrantes solares. Para determinar la hora en cualquier momento, los egipcios utilizaron además relojes e agua, que más tarde serían llamados clepsidras por los griegos.

    Por otra parte, es de señalar que la astronomía egipcia es, ante todo, litúrgica. Todos los documentos astronómicos que han llegado hasta nosotros tienen un fin único: determinar una hora o una época en la que tiene que realizarse tal o cual ceremonia religiosa.

    Los antiguos egipcios intentaron dividir el cielo en constelaciones, pero lo fragmentaron en figuras que cubrían vastísimas zonas, de tal forma que la magnitud de las misma impedía su adecuado manejo. Este aspecto de la inexactitud astronómica de los egipcios constituye una muestra de los distintos tipos de mentalidad que se han dado en el progreso intelectual del hombre, ya que, mientras los egipcios se conformaban con sus voluminosas figuras celestes, los sumerios, vecinos y contemporáneos suyos, aplicaban su olfato matemático al olfato astronómico.

    En Egipto, los cielos eran el cuerpo de la diosa Nut a gatas, con piernas y brazos extendidos; la Tierra era el dios Qeb reclinado; Shu, el dios del aire, ayudaba a Nut sosteniéndola en su incómoda e inelegante postura. El Sol y la Luna navegaban en barca sobre la espalda de Nut.

    Parece ser que no elaboraron teoría alguna en relación con los planetas y no nos ha llegado ninguna descripción o análisis matemático de los movimientos de éstos.

    Los egipcios sabían indudablemente que la Tierra no era el cuerpo de un dios. Se trataba de un simple y sólido cuerpo surcado por unas aguas que lo fertilizaban -al fin y al cabo, toda su civilización se basaba en la fértil franja de valle regada por el Nilo-, asimismo eran perfectamente conscientes de que el cielo no estaba formado por las piernas, el tronco y la cabeza de un cuerpos femenino.

    Eran un raza inmensamente práctica, un pueblo tecnológicamente muy avanzado y dominador de muchas artes y habilidades prácticas; sin embargo, su concepto del universo era de carácter místico.

    Vivían, al igual que los babilonios, en un mundo politeísta, pero para ellos este mundo constituía motivo de orgullo; eran un pueblo de una cultura, no de dos. Los egipcios no eran dados a la fría pero hermosa lógica de las matemáticas, sino que preferían unos conceptos más artísticos e imprecisos.

LA ASTRONOMÍA MESOPOTÁMICA

    En las diferentes ramas de su astronomía, los babilonios reunieron principalmente resultados, que agruparon, sistematizándolos según una tradición y un método similar al encontrado en los textos matemáticos. Si bien en Mesopotamia se dieron intentos teóricos de explicación del universo, los astrónomos babilónicos no dejaron de poseer una especie de percepción confusa del determinismo cósmico.

    Los griegos fueron los primeros en atribuir a los antiguos pueblos mesopotámicos un vasto saber astronómico.

    Aparte de la alidada - que era utilizada para la medición de las distancias angulares de dos estrellas -, los babilónicos estaban casi tan bien equipados como los griegos en sus observaciones astronómicas. Según parece, utilizaban principalmente el gnomom, la clepsidra, y el polos.

    Aunque fueran también astrólogos, los astrónomos babilónicos no se apartaban de los datos directamente observables, y en este terreno sus preocupaciones estaban regidas por un problema fundamental: cómo ajustar el calendario lunar al ritmo del Sol. El movimiento de los planetas y la descripción del cielo eran cuestiones secundarias para ellos.

    Los astrónomos griegos no se interesaban mucho por los puntos que limitaban los arcos de visibilidad y por las estaciones de los planetas, porque tales fenómenos no son nada asombrosos a la luz de la teoría de los egipcios.

    Los babilonios, en cambio, que no tuvieron ninguna teoría para explicar las anomalías de los movimientos planetarios y que estaban obsesionados por los problemas horoscópicos, se dedicaron, sobre todo, a determinar las apariciones, desapariciones y estaciones de los planetas, y a estudiar la periodicidad de estos fenómenos.

    Este estudio acabaría por llevarlos a determinar secundariamente, y por extrapolación, la posición de un planeta P en un momento t cualquiera.

    En términos generales puede decirse que los astrónomos babilónicos procedían analíticamente. Los planetas cuyo movimiento es lo bastante regular, como venus, eran estudiados sin división de la eclíptica. En cambio, planetas como Marte exigían la división de la trayectoria aparente del Sol en seis partes, suponiéndose regular el movimiento del planeta en cada una de ellas.

    Los sumerios eran la raza que poblaba los fértiles valles del Tigris y el Éufrates de Mesopotamia (el Irak actual). Este pueblo y sus sucesores, los akadios y más tarde los babilonios, trabajaron con mayor precisión porque dominaban una aritmética altamente desarrollada.

    Existen todavía tablas de arcilla correspondientes al segundo milenio antes de Jesucristo. Dichas tablas nos permiten conocer los descubrimientos babilonios acerca del firmamento, descubrimientos que debían ser el resultado de una larga tradición de análisis matemático aplicado a la astronomía. Los textos cuneiformes nos ofrecen un sistema altamente sofisticado en el que el firmamento se tres zonas cada una de ellas dividida a su vez en doce sectores. Las constelaciones y los planetas se mencionaban indicándose en cada uno un orden de sucesión numérico. Según parece, los astrónomos babilonios calculaban una serie de números partiendo de los inferiores hasta llegar a los superiores y retrocedían de nuevo para expresar de este modo el cambio de las posiciones planetarias.

    Si los números se disponen en un gráfico se observa que éstos forman una figura en zig - zag, lo cual revela que los babilonios ya habían descubierto que los planetas alteran periódicamente sus movimientos al trazar sus senderos entre los astros fijos.

    Cuatro siglos más tarde, cuando Mesopotamia se hallaba bajo el dominio de los seléucidas y la Biblioteca de Alejandría ya se había fundado a unos mil trescientos años al oeste, ya hacía tiempo que se disponía de tablas acerca de las futuras posiciones planetarias basadas en cálculos en zig - zag.

    Los métodos babilonios fueron únicos en su género. El mundo occidental heredó la tradición griega, que para predecir las posiciones lunares y planetarias utilizaba engorrosas técnicas geométricas y no cálculos aritméticos. Hasta el siglo VII de nuestra era no volvieron a utilizarse métodos aritméticos similares, aunque algo más complicados.

    El cálculo no fue el único aspecto de la astronomía en el que descolló el pueblo de los dos ríos, éste se hallaba en posesión de originales y profundas ideas acerca de la naturaleza del universo. Unas tablas cuneiformes del período casita -aproximadamente hacia el 1.500 a. de C.- nos revelan que los sumerios y los akadios habían reflexionado acerca de las distancias de los astros.

    Concebían el universo como un conjunto de ocho esferas insertadas cada una de ellas en la otra y gobernadas por una divinidad distinta. Esto no tiene nada de sorprendente, se trata de algo repetido una y otra vez a lo largo de la Antigüedad y que perduró hasta la misma época de Newton. Lo sorprendente es el concepto según el cual las esferas estaban relacionadas con distintas constelaciones.

    Se trataba de un universo de proporciones más bien reducidas puesto que la esfera más alejada sólo se hallaba a 120 « millas » de distancia, si bien no sabemos a qué distancia correspondía una « millas ».

    Lo importante es que hace 3.500 años los hombres ya creían que los astros estaban diseminados por el espacio. Y, sin embargo, este atrevido concepto que constituye el preludio de los modernos conceptos astronómicos se perdió en el olvido antes de que transcurriese un milenio.

    Los astros volvieron entonces a encontrarse fijos en el interior de una bóveda o caja, y los babilonios, los egipcios y, sobre todo, los griegos dieron por válido este concepto. Todos los astros estaban situados a la misma distancia, y hasta finales del siglo XVI de de nuestra era no volvió a nacer la idea de la distancia estelar, al resucitarla el inglés Thomas Digges.

    Tal vez los filósofos hubieran evitado el callejón sin salida del universo esférico con una esfera de estrellas no muy alejada de la esfera del planeta más apartado. Es posible que las conjeturas hubieran encendido la imaginación de los hombres, permitiendo que la libertad intelectual desarrollara unos conceptos más sublimes del espacio, sin necesidad de esperar a que se produjeran los primeros murmullos de un nuevo orden estelar hacia finales del siglo XVIII.

    A pesar de los oráculos y los presagios, los babilonios eran un cuerpo de mentalidad científica y, en cuanto al universo, sostenían puntos de vista materialísticamente más racionales que los de sus contemporáneos. Esto queda claramente de manifiesto si se comparan los distintos conceptos de la posición de la Tierra en el espacio.

    Para los babilonios la Tierra era un disco en forma de montaña con un pico montañoso central. Estaba rodeada de agua y cubierta por la bóveda del firmamento, que para ellos era sólida y estaba sostenida por los montes, no por alguna fuerza mística, sino por una sólida cordillera montañosa que circundaba el océano circular que a su vez rodeaba la Tierra.

    Se trataba de un concepto sensato y racional, aunque los planetas, el Sol y la Luna no fueran más que el dominio de las divinidades mayores y menores que los guiaban por el firmamento. Más de mil años antes de Jesucristo difícilmente podía concebirse un universo de fuerzas impersonales actuando en un vacío sin Dios.

    En resumen, es posible que Babilonia fuera un país de dos culturas, pero lo que sí que es cierto es que una de ellas era de carácter eminentemente científico.

COSMOLOGÍA HEBRAICA

    Las representaciones del cielo y de los fenómenos naturales eran, por lo común, muy pueriles. La lluvia, por ejemplo, procedía de depósitos o barriles celestes de dimensiones gigantescas pero análogos a aquellos de que se sirven los hombres; o bien se imaginaban que existía encima del cielo una masa de agua que Dios derramaba sobre la tierra, conduciéndola con ayuda de una acueducto celeste o precipitándola por ventanas abiertas en la bóveda celeste. El cielo se llamaba, en hebreo, "firmamento" (râqîa'), y era considerado como una especie de techo, comparado a menudo con una tienda o un baldaquino.

    Esta bóveda no estaba a mucha distancia de la Tierra: los pájaros se acercaban a ella en su vuelo y hasta la tocaban; y cuando, desde lo alto del cielo, donde está su trono, Dios contempla a los hombres, los ve del tamaño de saltamontes. En el cielo tienen su propio lugar no sólo la lluvia, sino también el rocío, la nieve y el granizo, la tormenta y el viento, y Dios los saca de él cuando quiere. Tantas son las cosas que contiene el cielo en sus diversas cámaras, que los hebreos tienen por fuerza que imaginarlo de varios pisos, o bien pensar en varios cielos.

    La luz existe independientemente de la del Sol, con él que fue creada; tiene su morada en el cielo, al igual que las tinieblas. El Sol, la Luna y las estrellas caminan por el cielo siguiendo dócilmente con las vías que Dios les señaló en él.

    El autor de capítulo primero del Génesis considera los astros como simples "luminarias" celestes; pero otros textos bíblicos les reconocen una personalidad más o menos mítica; el Sol se compara con un héroe que se levanta alegre cada mañana para recorrer su carrera; y hay descripciones de las estrellas de la mañana cantando a coro ante el espectáculo de la Creación. Los astros son "el ejército de los cielos"; Dios les da órdenes como un jefe a sus soldados, conoce a cada uno por su nombre, ellos acuden a su llamada y luchan bajo sus órdenes.

    El Libro de Job menciona cierto número de constelaciones; entre ellas se ha identificado, con mayor o menor seguridad, la Osa Mayor, Orión y las Pléyades; pero se trata sólo de observaciones elementales muy lejos del nivel de la ciencia astronómica de los babilonios. Completamente impregnada de mitología es la concepción de la tormenta: la tormenta es la "voz Javé" (Javé es el nombre del Dios de Israel); los relámpagos son las flechas que lanza su arco; cuando acaba de lanzarlas, pone su arco en las nubes; por eso el arco iris es, tras la tormenta, señal de que se ha apaciguado la cólera divina.

    La bóveda celeste se sostiene en las montañas, que parecen soportarla en el horizonte; esas montañas son las "columnas de cielo", cuyos fundamentos inconmovibles descansan en el mismo fondo del Gran Abismo. En efecto, debajo de la Tierra, y rodeándola por completo, se extiende una inmensa masa de agua: es el Abismo, el Océano cósmico del que nació el mar y del que proceden las aguas subterráneas que alimentan las fuentes; la Tierra, es decir, el continente, es como un disco que emerge de este Océano cósmico.

    Por lo general éste se concibe en forma mítica: es la personificación del Caos, monstruo que amenaza con hundir la Tierra e incluso el cielo. Dios - leemos en la Biblia - lo encerró en otro tiempo, echando sobre él puertas y cerrojos, mientras le decía: "Hasta aquí, y no más; aquí se romperá el orgullo de tus olas".

    En el capítulo primero del Génesis, este Océano primitivo se llama Tehôm, nombre que recuerda a Tiamant, el terrible monstruo que personifica el caos en el poema babilónico de la creación. Cuando Dios creó el "firmamento", separó en dos la masa de las aguas primitivas, de modo que desde ese momento existieron las aguas que están encima del cielo y las que fluyen sin cesar debajo de él.

    El Libro de Job, con bastantes más ingenuidad, dice que "Javé hendió el mar", igual que el dios Marduk, en el poema babilónico, "hendió" al monstruo Tiamat.

    La imagen general del mundo, tanto en Israel como en Babilonia es, pues, la siguiente: arriba, el cielo y sus depósitos; en el centro, la Tierra; debajo de la Tierra, las aguas inferiores, el Abismo. Pero existe, además, una región aún más baja; por debajo del Abismo se encuentra el Séôl, la tenebrosa habitación de los muertos.

    Esta concepción, empero, no suprimió otra más antigua y, al parecer, más difundida, según el cual Séôl se encuentra en el espesor mínimo de la Tierra: le basta a esta con "abrir su boca" para que los levitas culpables (Coré, Datán y Abiram) se hundan vivos en el Séôl; y cuando la hechicera de Endor evoca la sombra de Samuel este personaje inmediata y directamente de la Tierra.

    El capítulo primero del Génesis es el único texto de toda la Biblia que nos da una representación un poco racional y sistemática del Mundo: es la primera página de una obra considerable de carácter didáctico, cuyos elementos se encuentran dispersos en los seis primeros libros de la Biblia.

    Esta obra, según se admite generalmente, vio la luz hacia el sigo V antes de Jesucristo; fue compuesta por sacerdotes deseosos de justificar las instituciones esenciales del judaísmo por el procedimiento de alcanzarlas con lo pasado; de aquí el nombre de documento sacerdotal.

    Empieza con la narración de la Creación en seis días, seguida del descanso del séptimo día, prototipo de la institución del sabbat. Esta narración, sobria y precisa, distingue en la creación ocho obras: la luz, el cielo, el mar, la Tierra, con los vegetales, los astros, las aves, los peces, los animales terrestres (comprendido el hombre). Se observa un notable deseo de orden y de clasificación; los vegetales, por ejemplo, se dividen en dos clases: "las hierbas con sus semillas según su especie", y "los árboles que, según su especie, dan frutos en los que se encuentran sus semillas".

    Por lo que hace al hombre, Dios lo creó "a su imagen y semejanza", y en el texto que se trata bien a las claras de semejanza física, pues el autor se imagina a Dios con rasgos humanos. Por último, Dios da al hombre el poder sobre todos los seres vivos: aves, peces, animales terrestres.

LA ASTRONOMÍA FENICIA

    Puede pensarse que los habitantes de Ugarit tomaron de Mesopotamia nociones de astrología, si no de Astronomía; pero lo único que podemos citar, a este respecto, es una discreta alusión a "la marcha de las estrellas".

LA ASTRONOMÍA HINDÚ ANTIGUA

La astronomía védica

    Los calendarios de las épocas védica y brahmánica no son ni exclusivamente lunares ni exclusivamente solares, sino lunisolares, y los astrónomos hindúes han considerado siempre conjuntamente los varios fenómenos astronómicos que conocían.

    La división de la duración de los períodos astronómicos tenía gran importancia en los medios brahmánicos védicos. Tales períodos representaban fases sucesivas de la vida cósmica, concebida como cíclica y en eterno retorno.

    La astrología propiamente dicha, que luego se hizo muy popular, apareció sobre todo en la India con la influencia griega, ya en la época clásica.

La astronomía clásica antigua

    Alrededor de la montaña cósmica de Meru, eje polar del Planeta, gravitan los astros. En la cumbre de Meru viven los dioses que gobiernan el hemisferio Norte del Mundo. El hemisferio Sur, en cambio, está dominado por sus antagonistas, los asura.

    La Tierra es un globo en el que se encuentran cuatro continentes cuyos centros geográficos son cuatro ciudades situadas a distancias iguales y en el ecuador. Los cuatro continentes ocupan los cuatro puntos cardinales en relación con la India, y la cumbre de Meru, es el norte para todos ellos.

    No hay para los dioses orto y puesta diarios del Sol, pues lo ven constantemente desde Meru. En el polo Norte se encuentran los dioses.

    Los movimientos de los astros errantes se atribuyen a una fuerza cósmica concebida de acuerdo con la forma del viento. Ha sido observado el carácter no circular de los movimientos de los planetas. Matemáticamente, los movimientos de los planetas se representan según un sistema de excéntricas y de epiciclos que posiblemente no formara parte del núcleo primitivo del texto.

LA ASTRONOMÍA CHINA ANTIGUA

    Desde las primeras descripciones encontramos observaciones astronómicas necesarias para predecir los acontecimientos de un reinado. Por otra parte era necesario organizar el calendario. Los instrumentos empleados con este fin eran el gnomon, el reloj de agua o clepsidra, anillos y diversos objetos rituales.

    Los planetas no tienen nombres propios en chino y la duración de sus movimientos es conocida con una proximidad de menos de una día. Además, los períodos al cabo de los cuales el Sol y la Luna volvían a las mismas posiciones relativas, es decir, los ciclos, se conocen desde la Antigüedad china.

    La fecha del año en China viene indicada por la posición de las estrellas a una hora determinada o, más exactamente, por su paso en el meridiano, en el plano vertical del polo. En la concepción china del mundo, el polo es el símbolo del soberano en torno al cual se organiza la sociedad.

    Los chinos nunca han tenido una teoría ortodoxa y oficial sobre el sistema del mundo: hallamos tres diferentes en el curso de la Antigüedad.

- Cielo recubridor: el firmamento de las estrellas fijas es un sombrero o tapadera hemisférica que gira encima de una Tierra cuadrada; el Sol y la Luna, aunque se mueven en el firmamento en sentido inverso, son arrastrados como hormigas en una muela de paja.

- Cielo esférico: el universo es semejante a un huevo esférico (como una bala de ballesta), cuya cáscara sería el firmamento y la Tierra, la yema; el diámetro del firmamento se estima en 2.032.300 li: nadie sabe lo que hay detrás del firmamento, donde no existen referencias ni límites.

- Teoría de la extensa noche: según ésta no hay firmamento sólido; el azul del cielo es un efecto de óptica; las estrellas, el Sol y la Luna flotan en el vacío, sostenidos por un "soplo duro". No hay que temer un hundimiento del cielo, porque no hay firmamento sólido.

    Al igual que en Babilonia, el antiguo calendario chino de principios del siglo II a. de C. es un año lunisolar con ciclos bisiestos de 19 años.

    La obra « Calendario de tres ciclos », aparecida hacia el principio de nuestra era y cuyo autor es Liu Hsin, describe la historia de la astronomía china desde el tercer milenio.

    Los astrónomos de la corte imperial china observaron fenómenos celestes extraordinarios cuya descripción ha llegado en muchos casos hasta nuestros días. Estas "Crónicas" son para el investigador una fuente valiosísima porque permiten comprobar la aparición de nuevas estrellas, cometas, etc. También los eclipses se controlaban de esta manera.

    Parece ser que ya a finales del tercer milenio se condenó a muerte a los astrónomos Hi y Ho por descuidar sus obligaciones y no anunciar a tiempo el comienzo de un eclipse de Sol que marcaba el inicio de ciertos cultos.

    Por el contrario, el estudio de los planetas y de la Luna no estuvo hasta el siglo I. a de C. en condiciones de proporcionar predicciones suficientemente exactas de los fenómenos celestes y de los eclipses. Los períodos que se barajaban eran enormes. Según estos cálculos hacían falta 23.639.040 años para que los planetas entonces conocidos ocuparan otra vez la misma posición relativa.

    La antigua astronomía estelar china difiere mucho de la babilónica y de la occidental. El ecuador celeste se dividía en 28 "casas" y el número de constelaciones ascendía al final a 284.
 

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